jueves, 28 de agosto de 2014

Morirás congelado

-Morirás congelado
-¿Cuando?
-Eso no lo sé.
-Vaya buenaventura que es esta...
-Mañana no veré el sol, así que te digo lo que hay. Si no quieres saber no preguntes.

Me fui maldiciendo a aquella bruja loca. Pero al cabo de un par de días todo cambió. En la prensa local encontré la noticia de su muerte, aquella misma noche. Diecisiete puñaladas. No le robaron nada. Solo diecisiete puñaladas. Tal vez fuera casualidad, ¿lo sabía o lo adivino? No es la misma cosa. Como decía, ahí todo cambió.

Volví a fumar, pero los cigarrillos no me sabían a nada. Me aficione a los Montecristo, solía coger los número 4 -un tamaño modesto-. Los encendía con unas largas cerillas. A veces, encendía una y miraba la llama con fascinación. Fuego, partículas incandescentes. Iones. Un electroiman es capaz de mover una llama, son moléculas rotas, cargadas, inflamadas que danzan y ascienden. Moriré congelado.

Tras esas dos palabras, siempre apagaba la que tenía en la mano, la apagaba y encendía otra. Entonces, casi sin mirar la cosita rojiza que culebreaba encima de la negra cabeza de la cerilla, hacía girar la punta del puro frente a la llama, apenas rozándolo, y le daba un par de aspiraciones profundas. El calor del coñac y el denso humo me aturdían. Me fui dejando ir.

Me despidieron, pero encontré trabajo como conductor de un camión frigorífico. La escena de aquella noche, la noche, aquella noche en que la bruja me dijo; morirás congelado, la tenía clavada en mi mente. Me parece que cada vez la veía más clara. Es extraño. Aun hoy, esa imagen, esas palabras me parecen más nítidas, más frescas, más rotundas, más ciertas. Algunas noches, cuando hace calor, tengo miedo.

Me despedí. Tuve un par de accidentes, la última vez me quede encerrado en la caja más de 7 horas, -23 grados. Perdí una falange del menique de la mano izquierda. Sin trabajo, vivir en la ciudad me asfixiaba, fumaba demasiado, bebía demasiado. Decidí un cambio radical. Vendí todo lo que tenía.

He estado meses viviendo en el pequeño hostal a los pies de la montaña. He llegado a este campamento con un grupo de alemanes que también quieren subir a la cima, van muy bien preparados, en exceso. Mañana iniciaré el ascenso, subiré a ese 7000 y después a vivir entre hostales, hospederías y monasterios, la riqueza es una vida austera.

Ahora también miro la nieve fascinado, cristalizado antes de echar a andar. Critalitos, minúsculos cristales geométricos de hexagonal corazón. Todos distintos, billones de cristalitos de agua congelada. Congelada, el agua que serpentea en los riachuelos, fría y dura. Y ya no pienso que moriré congelado. Mañana subiré allá arriba solo, sin el equipo de los alemanes. Y ya no pienso que moriré congelado. Y ya no pienso después de pensar fascinado en la nieve. Y ya no vienen a mi esas palabras en las que no pienso ya. Mañana subiré a la cima y moriré congelado.  

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